“Close my eyes, it’s three in the afternoon.
Then I realize that she’s really gone for good…”
Rolling Stones
Ya habían almorzado. Hacía una hora que se habían acostado a dormir una siesta. Laura no se había dormido, no estaba en sus planes, sólo se quedó a mirarlo a Daniel, que roncaba como si un león rugiera de furia. Estaba cansada de escucharlo de roncar, y de sus malos chistes, de sus herméticos horarios, y de cómo el sexo se había convertido en una rutina sin sentido.
Allí estaba, añorando un cambio es su vida, sintiéndose estancada en una relación que tenía asegurado un futuro monótono, junto a un hombre sin ambiciones ni sueños mas allá de un televisor de 29 pulgadas.
¿Alguna vez estuvo enamorada de él? Siempre se lo preguntó. Intentó experimentar la convivencia, quizás así el amor nacía de una vez. Había pasado ya tantas alegrías y desdichas a causa de muchos amantes, desde muy temprana edad, que a los 23 años ya sentía que algo dentro le decía que era hora de sentar cabeza, de vivir más el día y dejar la noche. Una buena relación necesitaba para encarrilar su vida pero terminó siendo lo que la hacía caerse en un pozo sin fondo, cada vez más y más hundida con el pasar de los días.
Su vida fue siempre así, con proyectos prometedores pero nunca concluidos. Intentó Letras, pero se dio cuenta que lo que realmente le gustaba era leer mucho y sin complicaciones; luego Psicología pero lo mas conveniente era un analista. Entonces simplemente desistió estudiar, consiguió un trabajo administrativo con una agencia de publicidad que le dejó suficiente dinero para literatura y noche, y en sus ratos libres se dedicaría a la fotografía. Su más reciente proyecto, el concubinato, parecía tampoco dar frutos para ella.
Quizás una relación formal no era para ella ¿Pero para que preocuparse por eso ahora? Tenía que pensar en ella, en su vida, en sus planes. Pronto vendría la exposición de sus fotos en una galería y sería su oportunidad para demostrarle a todos cuanto estuvo progresando.
Daba vueltas en su cabeza tratando de hallar alguna respuesta ¿Quedarse o huir? Daniel no tenía la culpa de su inseguridad e inmadurez y no lo quería hacer sufrir, pero seguir así no sería justo para ninguno de los dos. Quería que pensar con lógica y tratar de proyectar a futuro, quedarse allí era quizás lo más correcto pero la valija ya estaba hecha.
Escribió unas pocas palabras en un papel y lo dejó sobre la mesa de luz para que él lo vea cuando despertara. Tomó la valija y se fue, sin hacer ningún ruido que fuera a arruinar el descanso de Daniel.
Se fui caminando, arrastrando la valija que estaba muy pesada. El trayecto era largo pero así tenía tiempo para pensar y reflexionar. Le hubiera gustado arrepentirse y volver, pero cuanto mas caminaba y se alejaba, mejor se sentía.
Finalmente llegó a su refugio. Dejo la valija a su lado, suspiró y tocó el timbre. A los pocos segundos la puerta se abre y la mujer, de unos 50 años, la mira y le sonríe, sabía que ese momento llegaría en cualquier momento.
- Hola mamá.
No hubo que explicar demasiado, no hacía falta. Ya había vuelto a su lugar de origen y solo quería descansar en la cama que tanto extrañaba, mientras pensaba si Daniel ya se habría despertado y si ya habría leído sus líneas: “Espero que tengas la buena vida que yo no te puedo dar”.
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9.3.09
13.7.08
Liliana (Amanecer de una noche confusa)
“De pronto me vi, como un perro de nadie,
ladrando, a las puertas del cielo…”
Joaquín Sabina
Liliana no podía abrir los ojos, los sentía irritados. Su cabello con olor a humo de cigarrillo le tapaba la cara y llevo lentamente su mano para correrlo. Entonces finalmente pudo abrir los ojos y percibir que esa no era su habitación, que esa no era su cama, que esa almohada con restos de delineador y sombra tampoco era de ella, ni siquiera el hombre a su lado era de ella. Ya no. Ya hacía un par de meses que no lo era ¿por qué estaba allí entonces? Su cabeza le dolía mucho, le explotaba, y le dolía aún más cuando trataba de recordar qué pasó la noche anterior. Su ultimo recuerdo (muy difuso) era “te extraño”, “otra oportunidad” y un par de lágrimas, en medio de un montón de gente que bailaba sosteniendo su vaso de cerveza fuertemente como si fuera un trofeo.
Ya era lunes, 7 de la mañana y ya llegaba tarde para rendir un parcial (igual no había estudiado). Sabía que no tendría que haber salido un domingo, mucho menos haber tomado. No estaba acostumbrada a tomar, jamás. Pero la fiesta estaba prometedora, especialmente porque Gustavo iba a estar allí. Pero ya estaba en ese lugar, en esa cama y con esa persona ¿por qué no quedarse? Se preguntó. Por algo el destino la llevó, una vez más, a ese lugar. Entonces comenzaba a sentirse un poco feliz, mientras lo miraba tiernamente como dormía a pesar que un pequeño rastro de baba caía por esa boca que durante tanto tiempo besó con ternura.
Esperaría que se despertase, se levantarían y se prometerían que harían lo posible para que su relación vuelva a funcionar. Luego el la acompañaría a la facultad y haría planes para la noche. Iría a comer a su restaurante favorito. Todo volvería a ser perfecto. Se sentía muy emocionada, ya no tenía ese nudo en la panza que no la dejaba vivir.
Gustavo empezó a moverse lentamente y ella temblaba de la emoción. Él abrió sus ojos, se agarró la cabeza y la miró, sonriente y con los ojos brillando como dos diamantes. Ella esperaba la misma reacción en él. Y esperaba. Y esperaba. Hasta que Gustavo se dispuso a hablar. Abrió la boca, las palabras salieron. Liliana ya se estaba anticipando a lo que diría, de hecho es como si ya lo hubiera escuchado. Pero como una metamorfosis, “Hola mi amor” pasó a “¿Todavía seguís acá?”. Era un chiste, tenía que ser un chiste. Pero el chiste era ella, el chiste era toda su existencia. Comprendió que ahora era de esas minas que tienen sexo casual con sus ex. Formaba parte de ese grupo, pero de la peor mitad. De las que creían que la relación todavía podía rescatarse. De las que extrañan pero no son extrañadas. Boluda. No dijo nada, no pronunció una palabra. Quería vestirse y salir de allí pero antes debía buscar su ropa. El vestido en el suelo, las sandalias en la puerta, el corpiño bajo la cama, la bombacha… ¿dónde? ¿Dónde esta el calzón? ¡¿Dónde está el calzón?! No quería preguntarle, no quería ni mirarlo. Sentía bronca y vergüenza, tanto que se iría sin calzón ¿Quién la manda a ponerse vestido?
Terminó de vestirse, y se fue, dando un portazo y sin decir nada. Una vez afuera se quedó diez segundo en la puerta, esperando que quizás él saliera, arrepentido, enamorado, añorando que ella regresara. Esperó los diez segundos. Transcurrieron los diez segundo. Terminaron los diez segundo. Nada ocurrió. Siguió caminando, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no llorar. A una cuadra venía un taxi, entonces apuro el paso lo más que pudo y hasta donde sus sandalias se lo permitían, haciéndole seña al taxista para que pare. Pero la vereda, de baldosas rotas, le jugó una mala pasada. Su taco se quebró y cayó al suelo, haciendo que su vestido se subiera. Se levantó de golpe y subió al auto mientras su chofer de turno hacía lo imposible para no demostrar que había visto todo el espectáculo.
Liliana dejó escapar una lágrima. Solo una, como un pequeño descargo. Dejar de existir sería tan buena solución, pero tenía muchas cosas por vivir todavía (aunque no la recordaba) a pesar de su maquillaje corrido, su pelo desarreglado, su taco roto, su parcial aplazado y su bombacha perdida.
ladrando, a las puertas del cielo…”
Joaquín Sabina
Liliana no podía abrir los ojos, los sentía irritados. Su cabello con olor a humo de cigarrillo le tapaba la cara y llevo lentamente su mano para correrlo. Entonces finalmente pudo abrir los ojos y percibir que esa no era su habitación, que esa no era su cama, que esa almohada con restos de delineador y sombra tampoco era de ella, ni siquiera el hombre a su lado era de ella. Ya no. Ya hacía un par de meses que no lo era ¿por qué estaba allí entonces? Su cabeza le dolía mucho, le explotaba, y le dolía aún más cuando trataba de recordar qué pasó la noche anterior. Su ultimo recuerdo (muy difuso) era “te extraño”, “otra oportunidad” y un par de lágrimas, en medio de un montón de gente que bailaba sosteniendo su vaso de cerveza fuertemente como si fuera un trofeo.
Ya era lunes, 7 de la mañana y ya llegaba tarde para rendir un parcial (igual no había estudiado). Sabía que no tendría que haber salido un domingo, mucho menos haber tomado. No estaba acostumbrada a tomar, jamás. Pero la fiesta estaba prometedora, especialmente porque Gustavo iba a estar allí. Pero ya estaba en ese lugar, en esa cama y con esa persona ¿por qué no quedarse? Se preguntó. Por algo el destino la llevó, una vez más, a ese lugar. Entonces comenzaba a sentirse un poco feliz, mientras lo miraba tiernamente como dormía a pesar que un pequeño rastro de baba caía por esa boca que durante tanto tiempo besó con ternura.
Esperaría que se despertase, se levantarían y se prometerían que harían lo posible para que su relación vuelva a funcionar. Luego el la acompañaría a la facultad y haría planes para la noche. Iría a comer a su restaurante favorito. Todo volvería a ser perfecto. Se sentía muy emocionada, ya no tenía ese nudo en la panza que no la dejaba vivir.
Gustavo empezó a moverse lentamente y ella temblaba de la emoción. Él abrió sus ojos, se agarró la cabeza y la miró, sonriente y con los ojos brillando como dos diamantes. Ella esperaba la misma reacción en él. Y esperaba. Y esperaba. Hasta que Gustavo se dispuso a hablar. Abrió la boca, las palabras salieron. Liliana ya se estaba anticipando a lo que diría, de hecho es como si ya lo hubiera escuchado. Pero como una metamorfosis, “Hola mi amor” pasó a “¿Todavía seguís acá?”. Era un chiste, tenía que ser un chiste. Pero el chiste era ella, el chiste era toda su existencia. Comprendió que ahora era de esas minas que tienen sexo casual con sus ex. Formaba parte de ese grupo, pero de la peor mitad. De las que creían que la relación todavía podía rescatarse. De las que extrañan pero no son extrañadas. Boluda. No dijo nada, no pronunció una palabra. Quería vestirse y salir de allí pero antes debía buscar su ropa. El vestido en el suelo, las sandalias en la puerta, el corpiño bajo la cama, la bombacha… ¿dónde? ¿Dónde esta el calzón? ¡¿Dónde está el calzón?! No quería preguntarle, no quería ni mirarlo. Sentía bronca y vergüenza, tanto que se iría sin calzón ¿Quién la manda a ponerse vestido?
Terminó de vestirse, y se fue, dando un portazo y sin decir nada. Una vez afuera se quedó diez segundo en la puerta, esperando que quizás él saliera, arrepentido, enamorado, añorando que ella regresara. Esperó los diez segundos. Transcurrieron los diez segundo. Terminaron los diez segundo. Nada ocurrió. Siguió caminando, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no llorar. A una cuadra venía un taxi, entonces apuro el paso lo más que pudo y hasta donde sus sandalias se lo permitían, haciéndole seña al taxista para que pare. Pero la vereda, de baldosas rotas, le jugó una mala pasada. Su taco se quebró y cayó al suelo, haciendo que su vestido se subiera. Se levantó de golpe y subió al auto mientras su chofer de turno hacía lo imposible para no demostrar que había visto todo el espectáculo.
Liliana dejó escapar una lágrima. Solo una, como un pequeño descargo. Dejar de existir sería tan buena solución, pero tenía muchas cosas por vivir todavía (aunque no la recordaba) a pesar de su maquillaje corrido, su pelo desarreglado, su taco roto, su parcial aplazado y su bombacha perdida.
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